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Sábado de la tercera semana de Cuaresma


A todos nos habrá pasado más de una vez de encontrarnos comparándonos con otra persona... hoy la liturgia nos ayuda a dar un paso importante en el camino espiritual: abandonar la comparación.

Cuando hay algo dentro de nosotros que nos cuesta acoger, ver y/o aceptar es muy sencillo que pongamos toda nuestra atención en el otro en modo de no sentir la fuerza y la fatiga que comporta. La Palabra de Dios nos ayuda a dar el paso necesario para "liberarnos" de esta actitud que nos quita la libertad, la verdadera libertad.

Estamos prácticamente en la mitad de nuestro camino hacia la Pascua, tratemos de mirar dentro de nosotros mismos, de escuchar lo que el Señor nos revela sobre nosotros mismos para caminar más ligeros en el seguimiento del Maestro.


PRIMERA LECTURA

Quiero amor y no sacrificios.

Lectura de la profecía de Oseas 6, 1-6

“Vengan, volvamos al Señor: Él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado, pero vendará nuestras heridas.

Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia. Esforcémonos por conocer al Señor: su aparición es cierta como la aurora.

Vendrá a nosotros como la lluvia, como la lluvia de primavera que riega la tierra”. ¿Qué haré contigo, Efraím? ¿Qué haré contigo, Judá?

Porque el amor de ustedes es como nube matinal, como el rocío que pronto se disipa.

Por eso los hice pedazos por medio de los profetas, los hice morir con las palabras de mi boca, y mi juicio surgirá como la luz.

Porque Yo quiero amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos.

Palabra de Dios.

 

EVANGELIO

El publicano volvió a su casa justificado.

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 18, 9-14

Refiriéndose a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, Jesús dijo esta parábola:

Dos hombres subieron al Templo para orar; uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, de pie, oraba así: “Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos y adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago la décima parte de todas mis entradas”.

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!”

Les aseguro que este último volvió a su casa justificado, pero no el primero. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado.

Palabra del Señor.

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